De niña le pedía cada noche al universo
que, si alguien tenía que morir,
que fuera yo y no alguno de mis seres amados.
Esa fue mi primera relación con la muerte: el terror. El silencio. La evitación. Pero con el tiempo llegaron pérdidas que me fueron moldeando de formas que entonces no podía ver.
Vivimos duelando. Muchas personas sienten ese peso sin poder nombrarlo. Sienten que algo se rompió, que algo se fue, que algo no debería doler tanto. Aprendí que ese dolor no es una señal de debilidad. Es una señal de que amamos. Y que merece ser acompañado.